EROSTRATO SARTRE PDF

Yo apagaba la luz y me asomaba a la ventana; ni siquiera sospechaban que se les pudiera observar desde arriba. Algunas veces era necesario volver a bajar a las calles. Para ir a la oficina, por ejemplo. Yo me ahogaba. Una vez vi a un tipo muerto en la calle.

Author:Ducage Tygosida
Country:Morocco
Language:English (Spanish)
Genre:Love
Published (Last):9 March 2007
Pages:134
PDF File Size:13.36 Mb
ePub File Size:14.94 Mb
ISBN:721-9-69645-343-3
Downloads:56585
Price:Free* [*Free Regsitration Required]
Uploader:Maurisar



Yo apagaba la luz y me asomaba a la ventana; ni siquiera sospechaban que se les pudiera observar desde arriba. Algunas veces era necesario volver a bajar a las calles. Para ir a la ofcina, por ejemplo. Yo me ahogaba. Una vez vi a un tipo muerto en la calle. Le volvieron, sangraba. Le han pintado la nariz de rojo, eso es todo. Me llevaron a una farmacia, me golpearon en la espalda y me hicieron beber alcohol. Los hubiera matado.

Y no obstante, ellos me vejaron. Uno se siente fuerte cuando lleva asiduamente una de esas cosas que pueden estallar y hacer ruido. Pero se calentaba poco a poco, al contacto de mi cuerpo. Deslizaba la mano en el bolsillo y tocaba el objeto. Pero nunca orino en los mingitorios.

Uno se les sube encima, por supuesto, pero ellas nos devoran el bajo vientre con sus grandes bocas peludas y, por lo que he oido decir, son las que salen ganando -y con mucho- en este cambio. Yo no le pido nada a nadie, pero tampoco quiero dar nada. Pero se arreglaba en el fondo de la pieza. Es en estos casos cuando lamento no fumar. Se puso a andar de un lado a otro, con aire torpe. No tiene costumbre de apoyar los talones en el suelo. La mujerzuela encorvaba la espalda y dejaba colgar los brazos.

Y si me has hecho subir para burlarte de mi. Me fui. A las mujeres no las hubiera matado. Yo conservaba siempre mis guantes puestos. Luego hablaron de Lindbergh. Les gustaba mucho Lindbergh. No me interesa. Si se mira desde cierto punto de vista es atroz; pero desde otro, otorga al instante que pasa una belleza y una fuerza considerables.

Me despidieron a comienzos de octubre. Tiene usted el humanitarismo en la sangre; es una suerte. Pero le repito que no puedo quererlos. Comprendo muy bien su manera de sentir. Pero lo que a usted le atrae a mi me disgusta. Como usted he visto a los hombres masticar con cuidado, conservando los ojos atentos y hojeando con la mano izquierda una revista barata. Pero todo esto ocurre como si usted estuviera en gracia y yo no.

Soy libre de que me guste o no la langosta a la americana, pero si no me gustan los hombres, soy un miserable y no puedo encontrar mi sitio en el mundo. Ellos han acaparado el sentido de la vida. Espero que comprenda lo que quiero decir. Ya se lo digo: hay que querer a los hombres, o de lo contrario apenas si le permiten a usted picotear. Paul Hilbert. Me dejaba invadir lentamente por mi crimen. En el espejo, donde a veces iba a mirarme, comprobaba con placer los cambios de mi rostro.

Bellos ojos de artista y de asesino. Antes sus rostros se balanceaban como discretas fores encima de sus cuellos de tallo. Respiraban limpieza y apetecible honestidad. Llevaban el cuello desnudo de las futuras decapitadas. El 27 de octubre a las seis de la tarde me quedaban diecisiete francos con cincuenta centavos.

El Bulevard Montparnasse estaba lleno de gente. Tropezaban conmigo, me empujaban, me golpeaban con los codos o los hombros. Yo me dejaba sacudir; me faltaban las fuerzas para deslizarme entre ellos. Tuve miedo por el arma que llevaba en el bolsillo. Fui a comer a la Coupole por seis francos sesenta. Al cabo de un minuto llamaron de nuevo.

Fui de puntitas a mirar por el ojo de la cerradura. Por la noche tuve visiones. No tenia sed porque de vez en cuando iba a beber en el grifo de la cocina. Estaba desnuda y sola conmigo. Me daba miedo. Las echaba por paquetes de a diez. Tuve que arrugar algunos sobres.

Pasaron dos mujeres. Se alejaron. Se perdieron entre la multitud del Bulevard. Escuche dar las ocho y las nueve. Un perro vino a olfatearme los pies. Tan pronto lo miraba, tan pronto miraba la nuca del tipo. Su cara era gorda y sus labios temblaban. En ese momento supe que iba a ponerme a aullar. Me acuerdo de la cara de un mujer muy maquillada que llevaba un sombrero verde con una pluma. Respiraba penosamente y jadeaba sin parar.

Al cabo de un momento silenciosamente llegaron. Cuchichearon un poco, luego se callaron. Pero no se apresuraban, me dejaban todo el tiempo del mundo para dispararme y acabar con mi vida. Hubo un silencio y en seguida la misma voz: - Usted sabe bien que no puede escapar.

Related Papers.

GRIFFIN PODSTAWY ZARZDZANIA ORGANIZACJAMI PDF

O Erostrato de Jean-Paul Sartre: algumas notas de filosofia e literatura

A los hombres hay que mirarlos desde arriba. Algunas veces era necesario volver a bajar a las calles. Para ir a la oficina, por ejemplo. Yo me ahogaba. Una vez vi a un tipo muerto en la calle.

JACOB BURCKHARDT CICERONE PDF

.

Related Articles